 l hombre emprendió su viaje al presente hace incontables milenios. A través de la sangre y las masacres, de los terremotos y los maremotos, a través del lodo y las calcinantes arenas, a través de la miseria y las enconadas luchas, del pesar y la felicidad, ha progresado, generación tras generación, hasta llegar a ser el amo del mundo y el señor de todos los reinos.
¿Cuál es el estado ideal de este “animal”, el hombre? ¿Cuáles son sus metas? ¿Cuáles son sus limitaciones? ¿Qué hay de bueno en él y qué hay de malo?
En el curso de sus aventuras, el hombre hizo un descubrimiento muy importante; y desde entonces siempre le ha preocupado. Descubrió que tenía una mente. Descubrió que podía pensar. Finalmente comprendió que su mente era su mejor arma. Y descubrió que las privaciones y las heridas, o tal vez los demonios, podían despojarle del uso total de esa arma: su mente.
Durante siglos y siglos de filósofos, chamanes (hechiceros o brujos de ciertos pueblos tribales) y sacerdotes, él ha tratado de resolver esta preocupación primaria y resolver así un problema primario. El hombre quiere saber lo que está mal con relación a su mente, si es que algo está mal, y quiere saber cuál podría ser el estado ideal de su mente, si existe tal estado.
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