|
Ciertamente, no hay nada más dúctil que la habilidad del hombre para pensar y creer. En un momento u otro, en una u otra parte del mundo, el hombre ha aceptado o creído cosas más extrañas que cualquiera de las contenidas en los libros de filosofía. Su capacidad para cambiar es casi ilimitada. Por consiguiente, no es vano hacer un postulado de que la naturaleza del hombre, en todo el mundo, podría cambiar por completo en un lapso de unos cuantos años. (Un postulado es un pensamiento o decisión autodeterminados.) Basta tan sólo estudiar su historia, para encontrar tales cambios de punto de vista y alteraciones de carácter. La inercia de los pueblos es un mito. Por ejemplo, la llegada de San Pablo a Roma hace casi dos mil años cambió la naturaleza de todos los esclavos romanos con la velocidad del rayo. La aparición de un monje en Inglaterra al inicio del último milenio alteró el aislamiento de esa isla en unos cuantos meses y lanzó a las Cruzadas a hordas atronadoras, colmadas de una devoción y un fervor que, antes de su llegada, brillaban totalmente por su ausencia. Y en el último cuarto del siglo XX, la idea del colectivismo salió en tromba de una banda desesperada de revolucionarios para cambiar las costumbres y los métodos de vida de casi la mayoría de la población del mundo.
Si el hombre puede cambiar en tales cantidades, el cambiar a un individuo parecería ser relativamente sencillo. Y así es. Con nuevo conocimiento, y con muchos de sus problemas del pasado y del presente resueltos de repente, en unas cuantas semanas un individuo puede presentar ante sus semejantes un aspecto marcadamente cambiado.
|